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sábado, 24 de julio de 2010

La Tapada


LA TAPADA

Curiosamente, entre las tradiciones y la historia del Perú, aparece un personaje muy interesante, rico, peculiar, emblemático y misterioso, del que no se habla, mas que de manera superflua. Sin embargo su presencia y en especial en la ciudad de Lima, tiene una duración, de nada mas ni nada menos que de tres siglos. Dicho esto en buen romance, hablamos de trescientos años, un periodo bastante largo, tanto como para convertirse: en un símbolo y una imagen casi indeleble entre todas las cosas que forman el aroma y el encanto de una Lima virreinal.

Según nos cuenta la historia y las tradiciones de Don Ricardo Palma, este personaje apareció aproximadamente hacia el año 1560 que viene a ser el siglo XVI y perdura hasta el siglo IXX, hasta mediados de 1860. Convirtiéndose en sinónimo de leyenda y arrastrando con ella un sinnúmero de mitos, pasiones, misterios y controversias que ni el mismo clero pudo subyugar, desafiando a la mismísima Santa Inquisición, que por aquellos tiempos era el terror de todos los mortales. Es aquí en donde nace, nuestro gran interés por este personaje, emblemático, entrañable y misterioso, del que vamos a hablar con mucha frescura y desenfado, intentando hacerle un poco de justicia en el tiempo y en el lugar que le corresponde. Nuestras investigaciones, nos han llevado por muchos caminos, llegando hasta las tierras de Andalucía en España, en un trayecto de ida y vuelta que termina en Lima capital del Perú.

Extrañamente, esta misteriosa dama. Solo tiene presencia en Lima y no en otras ciudades que fueron parte de la conquista española en América. Algo que la hace especial y emblemática. Pero sus razones tiene y son las que argumentan su existencia en la capital de las tres veces coronada ciudad de los reyes.

Los españoles llegaron al Perú, con todas sus costumbres y medios para hacerse de una vida llevadera y más acorde con sus hábitos y su cultura.

Muchos piensan que llegaron con sus esposas, hijas, y toda la parentela a cuestas. Pero esto no fue así. Primero fueron solo hombres, quienes arribaron sin más compañía que sus pertrechos y unas cuantas prendas de mal vestir, para enfrentarse a un mundo nuevo y desconocido.

Con el pasar del tiempo y de los años y luego de haber tenido contacto con las mujeres del lugar, en las cuales engendraron hijos, tuvieron romances y con las que se establecieron formando algunas familias, Comenzaron a llegar las mujeres del otro lado del mar. Mujeres que en su mayoría por no decir en su totalidad, eran esclavas moriscas, (moro convertido al cristianismo). Estas mujeres que pertenecían a la generación de los moros que conquistaron y dominaron a España durante ochocientos años y que luego fueron expulsados, en el año 1942, el mismo año del descubrimiento de América.

Estas mujeres venían de tierras andaluzas, pero ya convertidas a la religión católica y con costumbres entremezcladas entre la cultura ibérica y la mora. Es así que sus atuendos y vestimentas, guardaban mucho de sus ancestrales costumbres, pero también mas liberales que en sus comienzos.

Con el devenir de los años también llegaron algunas mujeres españolas, producto de los casamientos y parentescos, que animadas por la novedad de un nuevo mundo, pasaron a formar parte de la pequeña sociedad limeña. Una sociedad de sangres entremezcladas. Que van desde: indígenas, moras, e ibéricas con blancos y entre si, agregando luego la raza negra De ahí que nace aquel dicho popular tan conocido como…… Quien no tiene de inga, tiene de mandinga. Estos dos vocablos se pueden traducir de la siguiente manera: Inga, vocablo quechua que hace referencia a una piedra y mandinga, es un vocablo africano que se refiere al hombre venido de esas tierras.

Con esta pequeña explicación, nos ponemos más en autos para poder descifrar un poco la aparición de nuestro personaje en mención.

Según cuentan las crónicas de la época, La Tapada, hace su aparición con motivo de las festividades religiosas y en especial la de la orden franciscana, que solía, realizar una comida para la gente pobre, en el día de la porciúncula, que se celebraba en el mes de agosto.

Un buen día de esos, hacen su aparición en el convento de los padres franciscanos, dos damas ataviadas, con un atuendo nunca antes visto en aquellas épocas. Estas misteriosas mujeres, se presentaron en el convento. Ataviadas con los trajes de la época, pero con una peculiar novedad que era: la mantilla o manto, cubriéndoles la mitad del rostro. Su intención no era mas que la de hacer un donativo a los religiosos, destinado a ayudar a los pobres y desvalidos. Este gesto de las dos incógnitas damas provoco la admiración de los sacerdotes, que lejos de presagiar una futura moda, se limitaron a encomiar tal desprendimiento, hecho bajo identidades ocultas para un noble fin. Cosa que luego se hiciera costumbre. Después del chismorreo del populacho, que lo hizo correr como reguero de pólvora a lo largo y ancho de la pequeña ciudad. Luego de este inusitado pasaje que quedara indeleble en las retinas de los feligreses y de la curia en general, se comenzó a dar paso a una nueva etapa en el trajinar femenino de aquella época.

Luego de unos meses, comenzaron a aparecer en la escena cotidiana, otras damas con los mismos atuendos, (o quizás las mismas) que dicho sea de paso; ya habían ganado una imagen de personas caritativas y generosas, aplaudidas por el pueblo y por el clero. Pero ello también dio paso a una nueva técnica de conquista femenina, con sus derivados incluidos.

La Tapada, vestía con una falda de seda en colores: azul, verde o negro, llamada saya, para cubrir la parte inferior de su cuerpo. En la parte superior llevaba una blusa también de seda, que podía de algún otro tejido según la estación y en colores diferentes o iguales a la saya. Luego tenemos el fular, mantilla o velo de color negro o azul que le cubría la cabeza y la mitad del rostro, llegando hasta la cintura en donde estaba enganchado a un cinturón de tela. Los zapatos de seda bordados, en colores; negro o azul. El velo o fular, era el elemento principal de su atractivo, pues solo permitía ver la mitad del rostro y el resto, para la imaginación.

Este atuendo dio paso a una especie de liberación femenina, en la que muchas mujeres encontraron la manera de conquistar corazones, derretir témpanos, arrancar frases, piropos y suspiros a rabiar. Pero también para averiguar las andanzas de muchos caballeros que a la sombra de un buen nombre, hacían de las suyas, pensando que sus fieles mujeres los esperaban inocentes en sus hogares, sin enterarse de nada. Se convirtieron en el terror de muchas otras mujeres, que tenían que lidiar contra un peligro sin rostro, contra un enemigo desconocido, que inquietaba a los hombres de todos los rincones de la ciudad.

Las Tapadas, también “destapaban” los malos pasos de la parentela como por ejemplo: su padre, su hermano, cuñado, tío y demás miembros del regimiento familiar. Quienes a veces se inspiraban y se lanzaban con todo ante una bella tapada, sin sospechar a quien tenían delante de ellos. Tenían una presencia, casi divina porque podían estar en un lugar viendo, escuchando y juzgando, sin poder ser identificadas.

Con su gracia y garbo al andar, lograron cautivar a toda una ciudad, convirtiéndose en símbolos de una época, que evoca al romance, sin que esta se la principal de sus virtudes.

Su peculiar atuendo sacado una vez mas de la imaginación y creatividad peruanas y también de la galería de atuendos femeninos andaluces. Porque es innegable la influencia hispano morisca y en especial de la región de Andalucía, la que inspirara ha estas mujeres en crear un atuendo, fuera de todo contexto y toda copia.

La Tapada, un gran mito, para una pequeña ciudad, que vivió en el sueño, de una historia muchas veces mal contada o quizás mal hablada, pero que sobrevivió a los embates del tiempo, quedando plasmada en las acuarelas de Pancho Fierro, en las tradiciones de Don Ricardo Palma y en el rincón de los ensueños de quienes aman y recuerdan lo que no vivieron. Pero que si entendieron, de un pasado que a veces quiere ser controvertido, pero logra aferrarse a la dulce y tibia caricia de la tradición, que aunque muerta. Aun respira, aspirando los aromas de un amanecer, entre matas de jazmín, claveles, madreselvas y pensamientos.

Menudo pie, la lleva por la vereda que se estremece, al ritmo de su cadera……….Reza la canción de Chabuca Granda, titulada La Flor de la Canela, que aun que, inspirada en una morena, nos habla del pie pequeño de la limeña de antaño, de la cadencia, el ritmo al andar, la gracia al mirar y tantas otras gracias de una mujer que aun vive escondida entre los resquicios del tiempo. Bajo la tenue luz del farol del romanticismo, el recuerdo y la gracia de su estirpe de muchas sangres.

La Tapada, un sello indeleble, de nuestra historia que aun parece andar ocultándose bajo el abrigo de un zaguán, tratando de atrapar a algún Don Juan, que al acecho anda por las estrechas callejuelas del tiempo y de los sueños de aquellos limeños.

La Tapada, una mezcla de divino con pagano, una diosa terrenal, medio angelical medio demonio, sin mediar matrimonio. Una reina andante de pie y carruaje, con mantón de Manila, sin nombre de pila, pero bien conocida y tildada de Tapada.

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